Ana Miriam, Ahuachapán


Mi nombre es Ana Miriam, tengo 48 años y vivo en una comunidad de Ahuachapán Sur, El Salvador. En mi casa, actualmente vivimos doce personas: mis dos hijas mayores, mis dos hijos pequeños, mi esposo, el hermano de mi esposo junto a mi cuñada, mi nuera con sus hijos y otro hermano de mi esposo.

La mayoría de las personas de mi comunidad se dedican a la agricultura y a la ganadería, incluido mi esposo. Todo lo que mi esposo logra producir lo utilizamos para alimentar a nuestra familia. Yo, por mi parte, me dedico a cuidar a mis hijos y a realizar las tareas del hogar. En mi tiempo libre me gusta cuidar a mis gallinas y a sus pollitos. Me da mucha tranquilidad hacerlo.

 

Una calurosa noche de julio, mientras mis dos hijos pequeños- de 7 y 6 años-, mi esposo y uno de los hermanos de mi esposo dormían, la tierra comenzó a temblar de forma repentina. Sin pensarlo, corrí por mis dos hijos, mientras mi esposo fue a ayudar a su hermano, quien está enfermo y no puede moverse por sí mismo.

Salimos rápidamente entre los ladridos desesperados de los perros, las luces que se encendían en las casas de los vecinos y las voces de las personas que, poco a poco, huían hacia la calle. Casi al instante de haber logrado salir, un nuevo temblor nos sacudió y vimos cómo una de las paredes de la casa, que da al cerco de mi vecino, comenzaba a caer. En ese momento sentí que el esfuerzo de toda una vida se venía abajo, y que, por poco, esa pared cae sobre mí y sobre mis hijos.

Cuando el tembló finalmente se detuvo, mi esposo se acercó a la casa y se dio cuenta de que no podíamos pasar la noche allí. Esa noche buscamos refugio en la casa de mis hijas mayores.

Al día siguiente, regresamos para ver los daños y comprendimos que no podíamos volver. Protección Civil y la municipalidad nos explicaron que era muy peligroso vivir en esa casa ya que una de las paredes se había caído y las demás estaban agrietadas; en cualquier momento podían venirse abajo y ponernos en peligro a mi o la familia. Por eso tomamos la difícil decisión de mudarnos definitivamente a la casa de mis hijas, donde continuamos viviendo hasta hoy, ya que no contamos con los recursos para reparar la nuestra.

Logramos sacar algunas cosas, como ropa y algunos muebles, pero la mayoría de nuestras cosas aún permanecen allí. Incluso perdimos parte de la comida que teníamos guardada para la semana. Fue bien triste ver que habíamos perdido el esfuerzo de mi esposo y esto nos iba a afectar mucho.

Vivir todos juntos en una casa ha sido muy difícil. El espacio es reducido y la comida ya no alcanza como antes, porque ahora mi esposo debe trabajar más para alimentar a doce personas. Mis hijos, por ejemplo, me dicen que extrañan su casita y que desean volver a tener espacio para jugar. Yo también lo siento. Aunque ayudo a mis hijas con las tareas del hogar, no es lo mismo que contar con un espacio propio. Tuve que dejar atrás algunos de los pollitos que cuidaba, porque no hay lugar suficiente para traerlos conmigo.

A veces regreso a mi casa para ver cómo sigue y asegurarme de que nuestras cosas aún están allí, esperando el día en que podamos volver.

Durante varios días estuvimos desanimados y muy preocupados. No sabíamos cuándo podríamos regresar a nuestra casa o si algún día lograríamos recuperar la vida que teníamos antes. Lo que más me angustiaba eran mis hijos: dónde íbamos a dormir y cómo íbamos a salir adelante.

 

En medio de esta situación, recibí una llamada de Save the Children. Nos informaron que recibiríamos apoyo, lo cual significo mucho para nosotros. Fue un momento de alivio y esperanza para toda la familia. Mi nuera también fue beneficiada, ya que, aunque su casa no se cayó por completo, las esquinas de las paredes resultaron dañadas por el temblor.

Entre las cosas que nos entregaron había productos de aseo personal, cobijas, jabón, pasta de dientes, utensilios básicos y algunos víveres. Estos insumos fueron de gran utilidad, ya que cubrían necesidades inmediatas. Para los niños, recibir mosquiteros fue importante y se llenaron de alegría al verlos, ya que desde el temblor dormíamos en colchonetas en el suelo y los zancudos y mosquitos eran demasiados. Saber que ya no los iban a picar fue una gran alegría para ellos.

Gracias a este apoyo, nuestra familia pudo sentirse más segura y acompañada. Es la primera vez que recibimos apoyo durante una emergencia, y significó mucho saber que no estábamos solos.

Aunque recordar el momento en que perdimos nuestra casa todavía me llena de tristeza, también sé que lo más importante es que estamos vivos y que recibimos la ayuda que necesitábamos en el momento correcto. Pensar en eso me devuelve la alegría, fortaleza y esperanza para seguir adelante.

Agradezco profundamente a Save the Children y a todas las personas que hicieron posible este apoyo. Sin esa ayuda no hubiéramos podido salir adelante.

 

¿Cómo apoyó Save the Children a esta emergencia? 

El 29 de julio, en horas de la madrugada, El Salvador, principalmente la zona occidental del país (departamento de Ahuachapán), se vio gravemente afectado por un terremoto de magnitud de 5.8, seguido de un segundo sismo de 5.7 y una serie de réplicas en los días posteriores.

Este evento sísmico provocó daños en las viviendas, interrupciones en los medios de vida, afectaciones psicosociales y un aumento en los riesgos de vulnerabilidad y protección de la población, especialmente en niñas, niños y adolescentes. Se estima que más de 4,400 personas resultaron afectadas, incluyendo aproximadamente 1,400 niñas, niños y adolescentes.

En este contexto, el Fondo Humanitario de Save the Children se activó desde un enfoque de respuesta adaptativa y basada en necesidades, reforzando la articulación con los sistemas nacionales y locales de protección civil, y asegurando la complementaria con otros actores humanitarios presentes en el territorio.

Como resultado, Save the Children alcanzó a 506 familias, priorizando aquellas en situación de mayor vulnerabilidad y con necesidades urgentes vinculadas a la protección de la vida, la seguridad y la dignidad. Se realizó, la entrega de kits de retorno familiar, kits de higiene, kits de víveres, kits de bebé y tarjetas multipropósito a las familias. Además de atender necesidades materiales inmediate, se promovieron diferentes materiales comunicacionales con mensajes de salvaguarda y protección de la niñez, la creación de entornos seguros, el acceso a la información clara y mecanismos de reporte accesibles para la niñez y las comunidades.

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