Pablo, La Libertad


Estaba por decidir que iba a perder el año, pero me dieron ánimos”

Por décadas, El Salvador ha sido uno de los países más vulnerables de la región ante amenazas naturales. De acuerdo con el último Índice de Riesgo Climático Global de la organización alemana Germanwatch, este país centroamericano es parte de los 50 más vulnerables del mundo a causa del cambio climático. El 2020 lo confirmó con los estragos producidos a nivel nacional por la Tormenta Tropical Amanda.

Las lluvias que duraron siete días consecutivos ocasionaron inundaciones y deslaves que causaron la muerte de 30 salvadoreños y afectaron cerca de 30 mil familias. El 30 y 31 de mayo se evacuaron de sus casas alrededor de 11,779 personas. Aún hay 11 albergues temporales con 129 familias perjudicadas por la Tormenta Tropical Amanda. El número de albergues y familias afectadas aumentó, debido a la Tormenta Tropical Cristóbal y a la Depresión Tropical Eta.

En la actualidad, se registran 13 albergues temporales autorizados por el gobierno en los departamentos de San Salvador, La Libertad y La Unión, según cifras actualizadas hasta el 17 de noviembre del 2020. De acuerdo con los datos del sitio electrónico oficial del gobierno para las emergencias climáticas decretadas por el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), hay 399 personas albergadas en todo el país, contabilizando aquellas afectadas por las lluvias causadas por Amanda, Cristóbal y Eta. Estas personas no pueden regresar a sus casas porque las viviendas siguen demasiado dañadas. Pablo*, de 16 años, se encuentra en un albergue donde siguen personas afectadas por la Tormenta Tropical Amanda.

La Finca Santa Cristina se encuentra en el municipio de Santa Tecla, ubicado en el departamento de La Libertad en la zona central del país. Esta propiedad privada fue gestionada por la alcaldía del municipio para ser un albergue debido a que la escuela de la zona era muy pequeña; usualmente, en el país, las escuelas son utilizadas como albergues temporales en periodos de emergencia. Después de casi seis meses, esta sigue siendo la casa temporal para 15 familias afectadas por la tormenta Amanda. “El beneficio de estar en este lugar es que estamos todos juntos”, menciona Pablo*.

A sus 16 años de edad, ha tenido que pasar por momentos difíciles que han dejado cicatrices que no podemos ver. Pablo* vivía con su mamá, Rita*, de 49 años, y su hermano Luis*, de siete años, en la comunidad Lotificación Las Flores del cantón Victoria, a unas pocas cuadras de la finca; ninguno de los tres pudo conciliar el sueño en la madrugada del 30 al 31 de mayo.

“Pensé que se nos iba a inundar la casa. Nunca nos imaginamos que no iba a ser así”, cuenta Rita*. Según la familia, a las cuatro de la madrugada comenzaron a sacar todo el lodo que entró a su casa por la fuerte tormenta de la noche anterior. Pablo* salió de su hogar para ayudar a su hermana mayor que vivía en el mismo terreno junto con su familia. Su mamá se quedó en casa con Luis*.

“Cuando estaba en la casa de mi hermana se escuchó un gran ruido, como que se retorcían las láminas. Salí corriendo para agarrarme de un palito (árbol), pero cuando entró el lodo a la casa sentí que me pegó algo y me aventó”, expresa Pablo*. El adolescente quedó inconsciente debido al golpe de un árbol que fue arrastrado por el deslave que había pasado segundos antes. Su hermana mayor y su mamá quedaron soterradas, al igual que todas las personas de su familia, incluyendo al pequeño Luis*.

Inconsciente, el adolescente de 16 años pasó bajo tierra algunos minutos de su vida. Por unos momentos de la madrugada del 31 de mayo, se pensó que había perdido la vida en los deslaves. Sin embargo, él fue uno de los primeros en ser rescatado por sus familiares y vecinos y por eso él mismo puede contar su historia. Ese día, El Salvador se despertó con miles de historias similares a las de Pablo*.

La comunidad fue afectada por uno de los 154 deslizamientos de tierra a nivel nacional a causa de la tormenta Amanda; ocho casas quedaron totalmente destruidas en aquel lugar. Rita* sufrió una fractura en el pie y fue llevada inmediatamente al Hospital Nacional «Dr. Juan José Fernández» Zacamil, ubicado en la capital.

La madre de Pablo* estuvo ingresada durante 15 días en el hospital y pasó un mes y medio recuperándose en la casa de un familiar, lejos de sus dos hijos. “Tengo seis hijos, cuatro ya tienen hogar. Solo tengo dos hijos a mi cargo, soy mamá y papá para ellos”, comenta Rita*. En agosto llegó al albergue de la Finca Santa Cristina, donde estaban esperándola Pablo* y Luis*, quienes estaban con otros familiares y vecinos.

La devastación de la Tormenta Tropical junto con la emergencia por la COVID-19 han complicado la situación de la familia. Rita* perdió el trabajo a causa de la pandemia y, cuando sucedió el deslave, perdieron todo: ropa, cuadernos, libros y teléfonos. Según el Ministerio de Educación (MINED), aproximadamente, 146 mil estudiantes fueron afectados por los daños de la tormenta Amanda; Pablo* y Luis* no son la excepción.

En El Salvador, las clases presenciales están suspendidas desde marzo; por lo que el adolescente de 16 años cursa su séptimo grado en una modalidad virtual. En lugar de tener lápices y papel, debe contar con internet y un celular. Una computadora es un lujo en las comunidades rurales del país. La escuela en la que está inscrito garantiza la continuidad educativa de sus alumnos a través de la publicación de guías en la página web del MINED; Pablo* las resolvía y enviaba por medio de su correo electrónico. “Me costaba porque todos los viernes tenía que entregar mis actividades a cada maestro, pero lo hacía como ellos me lo pedían. Hasta el profe de mate me felicitó”, dijo.

Su hermana mayor y su madre le daban el dinero para comprar los datos móviles que le duraban cuatro días; era suficiente para descargar las guías y enviarlas resueltas. Tras el deslave perdió su celular, indispensable para la educación en línea. Pasaron tres meses y medio sin que tuviera contacto con alguien de la escuela.

El señor encargado de la finca donde está el albergue le ofreció a Pablo* un trabajo durante 15 días. “Fue duro para mí decidir que mi hijo de 16 años fuera a trabajar, porque es menor de edad, pero él pidió mi autorización, porque me dijo que quería comprar su celular”, explica Rita*. “Fui a trabajar con el fin de tener mi teléfono para ponerme en contacto con mis profesores”, declara Pablo*. “A mí me gustaba el trabajo, pero también me gusta el estudio y no quería perder el año. Me dijeron que hiciera otra quincena, pero le dije que no porque tenía que ponerme al día con mis tareas”, expone el adolescente.

Gracias al proyecto CUMMINS de educación en emergencias (EiE) de Save the Children, Pablo* ha recibido $30 USD en datos móviles que está utilizando para terminar las 70 guías que le falta realizar para ponerse al día. “Yo le dije a mi mamá que ya iba bastante atrasado con las guías y estaba por decidir que iba a perder el año, pero me dieron ánimos y más energía. Me dijo que le pusiera más esmero y ganas y que ella me iba a echar la mano en lo que yo no podía”, comenta.

El proyecto facilita la continuidad educativa a niñas, niños y adolescentes (NNA) de 11 albergues a nivel nacional; fortalece las capacidades de cuidadores primarios en el seguimiento educativo de sus hijas e hijos; sensibiliza sobre la importancia de tener limpio el albergue para evitar enfermedades transmitidas por el zancudo, tan comunes en la época lluviosa; y beneficia con un kit de educación que contiene cuadernos, colores, lapiceros, plastilina, tijeras y una serie de herramientas didácticas esenciales para realizar las actividades de la escuela.

Rita* ha recibido dos capacitaciones virtuales con el personal de la organización; una sobre el manejo de las emociones y otra sobre cómo motivar a sus hijos a seguir estudiando. Ella considera que estas charlas le han ayudado mucho a tratar mejor a sus hijos y a comprenderlos después de todo lo que han pasado. “Gracias a Dios y a Save the Children, nuestros hijos han podido continuar estudiando, nosotros ahorita no se las podemos dar porque no tenemos un sueldo diario, no tenemos un techo”, opina.

Además, Pablo* se ha ido involucrando en actividades a favor del albergue en el que se encuentra. El adolescente participó en una jornada de limpieza organizada en el marco del proyecto para identificar y eliminar posibles criaderos de zancudos. “Cuando vi que la mayoría andaba haciendo limpieza me animé yo también. Éramos como 100 personas recogiendo basura”, comenta, y luego añade lo más importante que es para él ser un ejemplo para su hermano Luis*.

Cuando se le pregunta a Pablo* qué fue lo que más le marcó de esta situación, expresa que cuando llueve o hay viento, aún le da miedo que pase lo mismo que les pasó y que, esta vez, pueda perder a alguien de su familia. A pesar de este sentir de realidad, Pablo* se mantiene fiel a un sueño que quiere cumplir en un corto plazo: estudiar mecánica automotriz y poner su propio taller. Poco a poco, aún en el albergue, Pablo* está dando los pasos que se requieren para cumplir este sueño.

*Los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los beneficiarios. 

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