Neftalí, La Unión Norte


Don Neftalí, de 54 años, ha dedicado su vida al trabajo y al servicio de su comunidad. Es agricultor y albañil, pero también es un líder comunitario comprometido. Vive junto a su esposa, Reina, y su hijo, Jonathan, en una apartada comunidad del centro de La Unión Norte. Allí, en medio de caminos polvorientos y jornadas largas, la vida se construye con paciencia, esperanza y manos trabajadoras. 

Llegar a su comunidad no es sencillo. Calles empinadas, cubiertas de polvo en verano y de lodo en invierno, recuerdan, a cada paso, lo aislado del lugar. El acceso a servicios básicos es limitado, y las familias enfrentan a diario las dificultades que impone la distancia. 

“Hay partes que solo carro con piñón puede subir. Todavía hay familias que, cuando llega el verano, tienen que ir hasta Honduras para lavar. La vida ha sido dura. Imagínese un hogar sin agua, donde para ir al pueblo hay que caminar horas, y donde los niños solo pueden estudiar hasta sexto grado porque es la escuela más cercana.” 

 Don Neftalí es un hombre que, a pesar de los obstáculos del día a día y del arduo trabajo de la tierra, sostiene una historia marcada por la esperanza y el compromiso de ver a su comunidad progresar. Durante muchos años se ha caracterizado por ser alguien que siempre encuentra tiempo para servir: en la iglesia y en las actividades comunales, convencido de que el cambio solo es posible cuando se construye paso a paso, con esfuerzo compartido. 

Aun en medio de las limitaciones, el sentido de solidaridad nunca se ha perdido. 

“Desde joven tuve ese deseo de ayudar a mi comunidad, y uno de mis objetivos siempre ha sido ver su desarrollo. Siempre he querido ayudar a mi comunidad a avanzar.” 

Hace más de veinte años, en la comunidad existió una ADESCO que encendió la esperanza de un cambio posible. Por un tiempo, la organización fue un punto de encuentro y de sueños compartidos. Sin embargo, con el paso de los años, las circunstancias dispersaron a varios liderazgos. Entre ellos estuvo Don Neftalí, quien se vio obligado a emigrar durante un par de años en busca de mejores oportunidades. 

Su partida no fue un abandono, y su regreso tampoco significó un retroceso. Don Neftalí volvió con la misma convicción que lo había acompañado siempre: servir a su gente y ver prosperar a su comunidad. 

 

Mientras tanto, la vida comunitaria había quedado en pausa. La cancha local y la iglesia eran los únicos espacios donde las personas podían reunirse. No existían procesos formativos, ni lugares para el diálogo, y mucho menos espacios donde se hablará sobre los derechos de la niñez o sobre el papel fundamental que los adultos debían asumir para su protección. 

“Antes no se hablaba de los derechos de los niños. Con algunos proyectos que venían a la comunidad, no hablaban un poco pero nunca cómo ha sido hasta ahorita. Nunca había estado en ninguna charla o capacitación sobre niñez hasta llegó Calapa” 

Esta realidad comenzó a transformarse el día en que invitaron a Don Neftalí a sumarse a las sesiones que impulsaría Fundación Campo, en el marco del programa CALAPA: La Unión nos hace grandes por la niñez, en la zona norte de La Unión. 

“La lideresa de mi comunidad me invitó a una charla para presentarnos a Fundación Campo y Save the Children. De inmediato me llamó la atención. Nos dijeron que, desde el programa, nos formarían en temas de niñez y adolescencia y que, además, nos apoyarían para retomar la organización comunitaria. Era justo lo que necesitábamos.” 

Lo que al inicio fue solo una invitación a participar en algunas capacitaciones pronto se convirtió en algo mucho más grande: la oportunidad de volver a organizarse. Poco a poco, los habitantes comenzaron a formarse y a comprender la importancia de contar con una estructura comunitaria sólida que les permitiera trabajar unidos. 

El programa abrió la posibilidad de que la comunidad —incluido Don Neftalí— se mirara a sí misma de una manera distinta: como un colectivo con derechos, con responsabilidades y con la capacidad real de generar cambios. En estos espacios de formación participativa, mujeres, hombres y jóvenes empezaron a involucrarse activamente, a reconocer la importancia de proteger a la niñez y a reactivar la organización comunitaria para recuperar su voz y su lugar en las decisiones que les afectan. 

“Siento que mi comunidad ha cambiado desde que llegó el programa CALAPA. La forma en que trabajan es responsable y las capacitaciones son muy importantes para todos. Hoy ya contamos con un comité gestor y estamos en el proceso de legalizar nuestra ADESCO.” 

Hoy, las reuniones comunitarias son cada vez más concurridas. En ellas ya no solo se habla de las necesidades, sino también de las soluciones. Los jóvenes muestran entusiasmo por participar y las familias vuelven a creer que el cambio es posible. Luego de dos décadas de silencio, la semilla del aprendizaje y de la organización comunitaria ha comenzado a florecer.  

Más allá de los proyectos o los documentos, lo que realmente ha cambiado en esta comunidad es el ánimo. La gente vuelve a reunirse, a dialogar y a reconocerse como parte de un mismo tejido social. Las niñas y los niños participan, opinan y aprenden sobre sus derechos, mientras los adultos los escuchan y los incluyen. 

“Antes nadie hablaba de los derechos de la niñez. Con el programa aprendimos que los niños y niñas también tienen derechos. Los adultos hemos empezado a reflexionar sobre la crianza y la protección de nuestros hijos, entendiendo que debemos cuidarlos y acompañarlos. Y los niños y niñas participan en las actividades, donde aprenden sobre sus derechos. Por eso queremos agradecer a las instituciones que nos apoyan, porque realmente lo necesitábamos.” 

Don Neftalí sueña con más. Sueña con talleres donde la niñez, la adolescencia y la juventud estén al centro de las decisiones comunitarias; espacios donde puedan aprender oficios, descubrir talentos y construir un futuro sin tener que emigrar. 

“El tiempo que vivimos es difícil para la juventud. Por eso es importante que las comunidades sepamos cómo proteger a la niñez y estar pendientes de ellos para que no se expongan a peligros.” 

 Sus palabras son un recordatorio de que la prevención y el acompañamiento también nacen desde lo local. Y aunque el entorno físico sigue siendo el mismo —los caminos difíciles, el agua escasa, la falta de transporte—, algo esencial ha cambiado: la forma de pensar. La comunidad ha recuperado el entusiasmo, especialmente entre los jóvenes, que hoy muestran interés por participar, aprender y construir un futuro distinto. 

“Me gustaría por ejemplo promover estos mensajes a más personas, por ejemplo, que los niños que van a mi iglesia sigan aprendiendo lo que han aprendido los niños que están en el programa.” 

 El liderazgo de Don Neftalí es una puerta abierta hacia el futuro. Su comunidad, enclavada entre los cerros de La Unión Norte, vuelve a organizarse, a aprender y a soñar con nuevas oportunidades para sus hijos. Y aunque el camino sigue siendo largo y empinado, ahora lo recorren juntos, con la certeza de que la unión, verdaderamente, los hace grandes. 

¿Cómo apoya el programa “Calapa” a construir espacios seguros para la niñez en La Unión Norte? 

A través de los clubes de familia, implementado en el marco del programa “Calapa”, busca crear entornos seguros y protectores para la niñez, especialmente para las niñas de 9 a 14 años. 

Estos clubes han sido creados en el marco del programa Calapa desde 2024 y están compuestos por 402 madres, padres y cuidadores. Los clubes de familia, a través de la convivencia entre pares y la autorreflexión sobre las normas sociales y de género que afectan su desarrollo integral, buscan contribuir al bienestar colectivo y transformar las comunidades en lugares más seguros y llenos de oportunidades para la niñez.  

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