Marina, Ahuachapán
marzo 5, 2026
Soy Marina. Tengo 54 años y vivo en una comunidad de Ahuachapán, en una casa donde siempre hay movimiento. Allí comparto mis días con mis hijos, sus esposas y esposos, y con mis tres nietos: Leonel de 10 años; Nahomy, de 12; y Antonella de 3. Vivimos todos bajo el mismo techo, acompañándonos en cada reto y en cada alegría.
Mis mañanas empiezan en la entrada del centro escolar de la comunidad, vendiendo útiles escolares de forma ambulante. Otros días recorro las calles vendiendo ropa y accesorios casa por casa. No me gusta quedarme quieta; siempre he sido una mujer que le gusta trabajar.
Durante muchos años me dediqué a la agricultura. Cultivé maíz, sandía, melón, pipianes, frijoles y todo lo que la tierra nos permitía cosechar. También trabajé un tiempo en construcción, una experiencia que recuerdo con orgullo. Allí aprendí sobre protocolos, seguridad y trabajo en equipo. Me encantaba trabajar ahí; podía trabajar hasta las doce de la noche sin perder el ánimo.
Cuando llegó la pandemia, tuve que detenerme. Fue un golpe fuerte, pero pronto entendí que mi esencia es estar en movimiento. No podía quedarme esperando. Así que me reinventé y comencé a trabajar de manera ambulante, buscando nuevas oportunidades para salir adelante.
En mi tiempo libre hago bisutería. Cada pieza la elaboro con dedicación y luego la ofrezco a mis clientes; es mi manera de combinar mi creatividad y generar ingresos. Además, desde 2021 formo parte de la ADESCO de mi comunidad. Inicié como vicepresidenta y luego asumí la presidencia. He sido presidenta en dos ocasiones, un reto que he aceptado con mucho compromiso.
Desde 2025 formo parte de la Comisión Comunitaria de Protección Civil de mi comunidad, juramentada gracias al proyecto “Planeta Vivo”. Actualmente coordino seis brigadas que trabajan para proteger a las familias de la zona.
En mi comunidad, la mayoría de las personas vive de la agricultura y del trabajo en los cañales. Otros, como yo, nos dedicamos a la venta ambulante de alimentos y distintos artículos. Somos personas acostumbradas al sol, al esfuerzo, y a salir adelante cada día. Pero durante mucho tiempo, aunque queríamos progresar, casi nadie hablaba del futuro de las nuevas generaciones.
El cambio climático no era un tema de conversación, aunque lo sufríamos año con año. Las inundaciones en inviernos, los ríos desbordados, la tala de árboles en las montañas…todo eso parecía parte de la rutina. Nos afectaba, pero no lo enfrentábamos de manera organizada.
Todo empezó a cambiar cuando la alcaldía nos invitó a sumarnos al proyecto “Planeta Vivo” de Save the Children. Durante muchos años nos sentimos abandonados, sin el respaldo para organizarnos y convertir nuestras preocupaciones en acciones reales. Cuando nos explicaron lo que podíamos lograr, algo se encendió en mí. Sentí esperanza, decidí vivir la experiencia al máximo y comprometerme por completo.
Aprendimos sobre gestión de riesgos, sobre la importancia de prepararnos antes de que llegue una emergencia y no después. Descubrimos la utilidad de las barreras vivas para prevenir desbordamientos y reflexionamos sobre prácticas que nos perjudican, como tirar basura en los ríos. Poco a poco dejamos de ver los desastres como inevitables y comenzamos a entender que sí podemos prevenir, organizarnos y protegernos.
En lo personal, el proyecto marco un antes y un después. Antes me da pena hablar en público; hoy puedo ponerme de pie frente a mi comunidad y expresar lo que yo pienso sin miedo. Entendí que mi voz también vale y que, cuando trabajamos en equipo, las cosas sí cambian.
La transformación no se quedó en palabras. Comenzamos a sembrar arbolitos que nos regalaron, a recolectar semillas, a organizar jornadas de limpieza y a cunetear las calles antes de la temporada de lluvias. Ya no esperamos el problema: ahora nos anticipamos.
Guardo con mucho cuidado todos los apuntes y aprendizajes del proceso. Me gusta estar lista.
Si hay algo que nos llenó de orgullo fue el microproyecto que creamos, planificamos y ejecutamos juntos. Al inicio parecía un sueño difícil de alcanzar. Dudábamos, nos preguntábamos si realmente lograríamos. Pero paso a paso fuimos avanzando.
Primero votamos entre todos los miembros de la comisión para decidir cuál era la necesidad más urgente. Analizamos los pros y los contras, los retos que podríamos enfrentar y si teníamos la capacidad para superarlos. Pero, sobre todo, pensamos en quienes estaban siendo más afectados.
Así nació nuestro microproyecto: controlar y mitigar el daño ambiental provocado por el desbordamiento de un rio que colinda con varias casas. Cada invierno, niñas y niños de la zona sufría las inundaciones. Sus hogares, sus pertenencias y su seguridad estaban en riesgo. No podíamos seguir permitiéndolo.
Decidimos colocar barreras vivas y construir bordas que ayudaran a retener los sedimentos y disminuir la velocidad del agua que bajaba desde la montaña. Queríamos proteger el suelo, los cultivos y, principalmente, a las familias.
Presentamos la propuesta en una asamblea general. Explicamos que, aunque había muchas necesidades, esta era la más urgente porque ponía en peligro a los más vulnerables: la niñez y la adolescencia. La comunidad estuvo de acuerdo. Las familias beneficiadas, que por año habían sufrido las consecuencias del río, se comprometieron a apoyarnos en todo lo posible.
Iniciamos el proceso aplicando cada aprendizaje adquirido en las capacitaciones. Elaboramos un presupuesto, informamos cada decisión, planificamos antes de actuar y antes de comprar los materiales necesarios. Recibimos, de parte del proyecto, $1,000 para ejecutarlo y todos asumimos la responsabilidad de que ese dinero se utilizara correctamente. Designamos responsables para administrar el dinero, acompañados por siete personas más como testigos del proceso, garantizando transparencia.
Solicitamos tres cotizaciones y, en conjunto con la comunidad, elegimos la más conveniente. Mostramos los tickets de compra, explicamos en qué se utilizó cada material y presentamos el resultado final del trabajo realizado.
Cuando terminamos, no solo habíamos construido barreras; habíamos construido confianza. La experiencia impactó profundamente a la comunidad. Muchos se sintieron orgullosos y felices. Incluso más personas se acercaron queriendo participar en futuras iniciativas.
Hoy sé que no solo fortalecimos el terreno frente al río; fortalecimos nuestra organización, nuestra voz y nuestra esperanza. Fue una experiencia nueva, porque por primera vez tuvimos la oportunidad de decidir qué era lo que necesitamos como comunidad.
Las charlas fueron claves para que todo esto sucediera. Si no nos hubieran explicado las consecuencias de nuestras propias acciones sobre el medio ambiente, quizás muchos no se hubieran sumado. Al principio pensé que la participación sería limitada, que no todos querrían involucrarse. Pero me equivoqué. Poco a poco, la gente fue acercándose, motivada por lo que escuchaba y por las actividades que estábamos realizando.
Algo muy valioso que me deja esta experiencia es la claridad de que cada paso que damos debe garantizar la protección de la niñez. Aprendimos que debemos contar con personas capacitadas en protección infantil, que tenemos derecho a recibir donaciones de calidad y que nadie puede exigirnos favores a cambio de apoyo. Entendimos nuestros derechos y también nuestras responsabilidades.
Aunque el proyecto ya finalizó, nuestro compromiso no. Seguimos dando mantenimiento a lo que construimos: chapodamos y abonamos la barrera viva para fortalecerla. Además, estamos gestionando nuevamente el apoyo de maquinaria con la alcaldía para recoger más material y reforzar la borda.
Para mí, toda la experiencia fue hermosa y enriquecedora. Desde aprender a manejar un fondo de $1,000 con responsabilidad, elaborar un presupuesto desde cero, registrar cada gasto y rendir cuentas con transparencia, hasta ver cómo la actitud de las personas cambió frente al trabajo en equipo y al uso excesivo de plástico. Hoy siento que todo quedó grabado en nuestra memoria colectiva. Las personas ahora son más lideres de su propio futuro y están dispuestas a tomar la iniciativa, como lo hicimos desde la comisión comunitaria.
Como comisión, definitivamente estamos mejor preparados que hace un año. Estamos más organizados, contamos con mecanismos de respuesta y practicamos constantemente porque sabemos que una emergencia puede llegar cuando menos lo esperamos. Claro, aún tenemos debilidades y mucho camino por recorrer, pero ahora caminamos con dirección.
Esta visión también se ha extendido a otras comunidades. He tenido la oportunidad de compartir nuestra experiencia con otros grupos, y eso me llena de orgullo. Incluso mi mamá construyó su propia barrera viva en su casa, después de ver cuánto se inundaba en invierno. Cuando vi el cambio en su hogar, sentí que todo el esfuerzo había valido la pena.
Para mí fue una experiencia bonita, de aprendizaje y de intercambio. Crecimos juntos, compartimos conocimientos y descubrimos que si podemos generar transformación. Si tuviera que resumir en una frase, la llamaría “Una comunidad en acción ante los desastres naturales”. Porque eso fue lo que aprendimos: a no quedarnos quietos, a anticiparnos, a organizarnos y a actuar.
Agradezco mucho a Save the Children y FUNDESYRAM por la oportunidad. Y a otras comunidades les digo: no tenga miedo de organizarse. Cuando nos unimos, somos más fuertes y capaces de salir adelante.
¿Cómo contribuyó Save the Children a las comisiones comunitarias de Ahuachapán Sur y Santa Ana Oeste?
El proyecto “Planeta Vivo: adolescentes y jóvenes construyendo un futuro resiliente”, impulsado por Save the Children y Fundesyram durante dos años en los municipios de Ahuachapán Sur y Santa Ana Oeste, tuvo como objetivo fortalecer a las comunidades de las zonas de intervención para que pusieran en práctica Green Skills con enfoque de género. Estas competencias contribuyeron a mejorar la mitigación y adaptación frente al cambio climático, así como a fortalecer los liderazgos comunitarios y locales, incluyendo las Comisiones Comunitarias de Protección Civil, en la preparación, prevención y respuesta ante sus efectos.
Mediante talleres participativos, las comisiones recibieron formación en ecoalfabetización, gestión del riesgo climático, identificación de problemáticas locales, formulación de proyectos ambientales y gestión de recursos. Además, se integró la salvaguarda de la niñez como eje transversal, garantizando que las acciones de prevención y respuesta fueran seguras y responsables, especialmente para las niñas, los niños y adolescentes.
Cada comisión recibió financiamiento de $1,000 mediante un protocolo de cash grupal, lo que les permitió identificar problemáticas concretas y desarrollar microproyectos de reducción de riesgos adaptados a sus territorios. Entre las acciones implementadas incluyeron la construcción de barreras vivas, bordas, restauración de área vulnerables, cuneteado, nivelación de terrenos y medidas para prevenir inundaciones.
Estas intervenciones no solo contribuyeron a mitigar los riesgos climáticos, sino que también fortalecieron la organización comunitaria, promovieron la transparencia en el uso de fondos y consolidaron la planificación preventiva de diez comisiones comunitarias en Ahuachapán Sur y diez comisiones en Santa Ana Oeste.